Mejorar la Autoestima

Autoestima

Hace ya bastante tiempo escribí un post similar a éste en Facebook, así que pido perdón a quienes me leyeron en aquel momento si consideran que no aporto mucho contenido nuevo.

Comentaba entonces que no me gustaba el enfoque psicoterapéutico con el que se abordaba el tema de la autoestima. Y a día de hoy sigo pensando lo mismo.

Todos los animales tienen autoestima, igual que los bebés humanos. La autoestima nos viene de serie, y ello es así por pura necesidad evolutiva, pues nuestra especie, como cualquier otra, tiende a perpetuarse.

Muchos de nuestros aprendizajes se nos transmiten genéticamente, y cumplen la misión de mantener aquellas conductas que se han demostrado facilitadoras de nuestra supervivencia. El hombre nace con el instinto y la necesidad de protegerse, defenderse, cuidarse, quererse, apreciarse, respetarse, valorarse… ¿Acaso no es esto autoestima?

Siendo de este modo, el abordaje de la falta de autoestima no debería tener como punto de partida el de “generar” algo de lo que supuestamente estamos carentes, sino el de “recuperar” aquello que, resultándonos innato, hemos ido inhabilitando en el camino de nuestro crecimiento (infancia, adolescencia, madurez).

Hay más: ¿se basa nuestra autoestima al nacer en algún tipo de valoración, comparación, o racionalización? Claramente no. No nos evaluamos, no nos comparamos, no sabemos ni siquiera si nos gustamos, y lo mejor de todo es que no nos hace falta para querernos y cuidarnos.

¿Por qué se nos enseña entonces que tenemos que gustarnos para querernos?

Voy a explicarlo refiriéndome a la famosa Escala de Autoestima de Rosenberg (1965). Según esta escala, y simplificando, tiene la autoestima alta aquella persona que “siente que es digna de aprecio”, “no se inclina a pensar que es un fracasado”, “cree que tiene varias cualidades buenas”, “puede hacer cosas tan bien como la mayoría de la gente”, “cree que tiene motivos para sentirse orgulloso de sí”, “tiene una actitud positiva hacia sí mismo”, y “en general está satisfecho de sí mismo”.

Que me perdonen Rosenberg y sus innumerables seguidores pero, ¿qué es esto? ¿Sólo puedo quererme tras aceptar las valoraciones sociales establecidas en cada momento?, ¿debo, además, interiorizar y hacer propias esas sentencias para evaluar y juzgar?, ¿no puedo estimarme si no llevo a cabo un proceso comparativo del que salgo victorioso?, ¿debo supeditar mi emoción (“me quiero”) a mi razón (“comprobar si merezco quererme”)?, ¿qué pasa con mi capacidad de quererme, y querer, sin enjuiciamientos, solo porque sí?

Todos podemos tener una autoestima alta, pues ya nacimos con ella, y está a nuestro alcance desarrollarla incluso cuando, tras aceptar que nuestro entorno nos empuja a evaluarnos y compararnos para valorarnos, llegamos a la conclusión de que nos gustamos poco o podríamos gustarnos más.

Aceptarnos y querernos son procesos que van de la mano, y cuando los trabajamos somos libres, por ejemplo, de eliminar o mantener nuestra barriguita cervecera sin miedo, porque sin ella o con ella nuestra autoestima, una vez recuperada, va a mantenerse intacta.

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