Por qué las Charlas TED duran 18 minutos

Quienes trabajamos el Desarrollo Personal y la mejora de las Habilidades Directivas sabemos que es habitual tener miedo a hacer presentaciones, dificultad para distenderse en reuniones, sensación de incapacidad para impartir ponencias, etc.

Si es éste el motivo por el que vas a acudir a un profesional, es básico que te ayude a eliminar la aversión a hablar en público, pero también resulta conveniente que te pueda dotar de las técnicas necesarias para elaborar presentaciones verbales exitosas.

Hablar en público tiene su método, y hay que conocerlo. El tipo de audiencia, el lugar de la exposición, el escenario y los elementos audiovisuales, los temas que se abordan antes y después, el momento de la jornada, etc., son factores que modulan nuestra presentación, y han de ser analizados cada vez que preparamos una participación. Los tiempos, sin embargo, pueden utilizarse como una constante para conseguir mantener la atención de quienes nos escuchan.

¿Por qué las Charlas TED duran 18 minutos?

Las Charlas TED (siglas de Technology, Entertainment, Design) están dedicadas a “ideas dignas de difundir”, y persiguen inspirar, motivar y cambiar ideas preconcebidas en un amplio espectro de temas. Su popularidad es cada vez mayor, en gran parte por el nivel de los ponentes, y están disponibles en Internet traducidas a más de 80 idiomas.

Todas ellas tienen un obligado formato común que se mantiene inalterado desde hace varias décadas: su duración máxima es de 18 minutos (en muy raras ocasiones se sobrepasa este límite).

Curiosamente, esta supuesta brevedad ha sido emulada por multitud de conferenciantes, que limitan la duración de sus ponencias a 20 minutos.

¿A qué se deben estos tiempos?

Diversos estudios demuestran que la atención sostenida sólo puede mantenerse durante períodos de tiempo que no superan los 15 minutos, por lo que el factor temporal se constituye como una variable decisiva en las exposiciones (transcurrido este tiempo, la atención decae).

Se pueden manipular los procesos de atención, pero para hacerlo es imprescindible conocerlos. Generar deseos y emociones, acercar el contenido a experiencias cercanas a la vida cotidiana o resolver dudas de modo colaborativo, por poner tan solo unos ejemplos, son actuaciones que fomentan la actividad cerebral, su eficiencia y, consecuentemente, la deseada optimización de la atención.

¿De cuánto hablamos entonces?, ¿de 15, de 18, de 20 minutos?

Puesto que la atención es un recurso limitado, los buenos oradores organizan los contenidos en bloques que no superan los 20 minutos, invirtiendo unos momentos después de cada bloque para reflexionar sobre lo explicado, aceptar preguntas o, sencillamente, descansar.

Las charlas de Steve Jobs, por ejemplo, llegaban a durar 90 minutos. ¿Rompían acaso con las evidencias científicas que se ofrecen como concluyentes? No, porque ese tiempo lo distribuía en bloques de 15 minutos.

Podemos adaptar la duración de nuestras ponencias o presentaciones a nuestras necesidades, pero teniendo en cuenta que, en intervalos no superiores a los 20 minutos, debemos hacer pequeñas pausas tras las que habrá que recuperar la atención de la audiencia.

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